martes, 6 de enero de 2026

El Problema de la ley es la ley


 

El Problema de la ley es la ley

Julián Padilla

Parece un chiste el escuchar el chiste que hacia Trespatines cuando le decía al señor juez, que él no tenía conflictos con la ley sino que la ley tenia conflictos con él y que modificaran el código.

Y la forma tan graciosa en que Trespatines lo decía, evidentemente era un chiste, así como “las multas de DIGESET” digo que el señor juez le ponía a su secretario, y a cualquiera, tan solo porque era el juez y le daba su santa gana.

Y aquí hace tiempo que venimos escuchando de la barbarie que se aplica, del famoso trompo que le arman a la gente, cuando en lugar de la justicia y la verdad, prima mercurio para las decisiones que suprimen derechos fundamentales. Evidentemente existen honrosos personajes que nunca alquilaron o vendieron su toga y tampoco su uniforme de guardián del orden. Pero en el fango en que vivimos, ya no se sabe, quien representa a barrabás ni quien representa al maestro.

Pero ahora me viene a la mente el lado no jocoso de la historia, y es que realmente no se trata de justificar lo mal hecho, pues cuando Trespatines robaba, eso estaba mal, independientemente de que la ley lo permitiera.

Es que en el actual sistema base de la seguridad jurídica, lo que está mal hoy, puede estar bien mañana, porque sencillamente los “honorables lo decidieron” o ha sido re interpretado fuera de todos los valores y principios de la moral.

Fíjese usted lo más reciente que tanto ruido causó, el caso de la homosexualidad y el lesbianismo en los cuerpos militares. Pero la sodomía ya es una realidad aplaudida por bandidos al timón. Vivan los que destilan aceite o se les moja la canoa.

Pero está prohibida la prostitución y los chulos, y el lavado cuando se trata de 500 mil pesitos, pero se reciben en alfombra roja y con escolta, a los tutumpotes y con llamaditas de SENASA, en la misma banca se apuestas, cuando se habla de miles de millones de pesos. Pero cuidado, que es un delito hablar mal de esos lavaderos de autos.

El problema fundamental es la escasa y real representatividad y participación de las mayorías en la creación de las leyes, entonces, las mismas se crean por un grupito pago por el pueblo, pero con el firme propósito de traicionarle y humillarle cada vez que puede, pero favoreciéndose en el reparto de la piñata o en el intercambio de coimas.

 El problema es la selección maravillosa de “funcionarios” y “asignación de curules”, que funcionan siempre solo a favor de sus bolsillos y sus testaferros, y no del interés nacional.

Entonces gozar del “poder”, asegurarse de la implementación de pensamiento maquiavélico “divide y vencerás” confundiendo en el pensamiento y la cultura, de los principales objetivos enemigos de los gobiernos de turno, el pueblo. Utilizando estratégicamente los principios de la “manipulación de las masas” para el condicionamiento operante y la disonancia congnitiva fatal, que lleva a la profecía de auto cumplimiento, y a sembrar en la mente colectiva, la creencia infernal de sentirnos felices con nuestros captores, casi una tragedia griega en el siglo XXI, el Síndrome de Estocolmo colectivo.

Una desesperanza aprendida planificada, auto inmune, un cáncer que ha hecho ya metástasis en todo el sistema operativo nacional. Y que impone la única regla vigente de la selva, coge lo tuyo, cállate o muere.

Pero, ante todos estos abusos y violencia estatal mancomunada a los intereses que realmente representan, ¿cómo elegir cambiarnos a nosotros mismos, porque no podemos cambiar lo que está mal hecho?.

Estamos en una trampa, y al recordar el “juramento” juro por mi honor y por la patria, cumplir y hacer cumplir la constitución y las leyes. ¿Cuál honor y cual Patria?.

Pero no se trata del Rey Salomón que gobierna ni imparte justicia, sino una versión moderna de Atila, el cual decía gozoso, “donde pisa mi caballo no vuelve a crecer la hierba”, o una especie del Rey Sol para decir: “el estado soy yo”, para seguir con los mercaderes al volante, quienes hace tiempo se acomodaron al status quo, que son parte de la voracidad de un sistema, que lo saquea todo y luego castiga a la mayoría, que son los débiles, pero que privilegia a sus cómplices y testaferros.

Por eso vivimos en democracia, porque hemos democratizado la pobreza, la violencia, el miedo, el abuso, la injusticia social y porque la mayoría está mal. Nos hemos acomodados en esa gloriosa zona de confort, que cuando alguien intenta salirse de esta barbarie, suena una voz que te pregunta, “te volviste loco Wilfrido”.

Pero esa trampa mortal, que persigue disfrazar la podredumbre, suma gente de bien, que con toda seguridad se condicionó con efectivos mecanismos de defensa, sumándose al tren que seguirá su mismo curso, pero con el disfraz de ovejas y de ángeles de luz.

Pero seguimos montados en la misma cultura de Chapita y mantenemos a los calieses y otros esbirros operando, y ya usted no puede ni hablar en una calle cualquiera, pues al poco tiempo pasa la muerte en Yipe, en una patrulla, solo para infundir terror. Se dice que tienen instalados micrófonos en zonas, para escuchar a la gente, cuando dicen lo que sienten de los bandidos y mafiosos de la política.

Y ahí venimos nueva vez con la maldita Ley del Calié, la ley del DNI, mientras los que se sienten protegidos por el sistema pues son sus rémoras, se regodean y otros que chupan de la teta callan, observan, o tímidamente dicen en secreto lo que realmente piensan, para evitar un apagón financiero.

El problema de la ley es la ley, y es la ley, porque no ha sido el Soberano Mandante quien la ha promulgado, sino un sistema criminal y sus representantes, que no representan el interés nacional, sino su perpetuidad para poder siempre decir: “para que la cruz vaya a mi casa, que vaya a la ajena”.

 

 

 

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